Cine para el fin de semana: consumir bajo propio riesgo
Este fin de semana hay varios estrenos cinematográficos, la gran pregunta es si vale la pena acercarse. A algunos sí, a otros, no. Para enterarse y tomar precauciones (o saber dónde depositar el dos por uno, si lo tiene) aquí nuestra guía para perplejos. Consejo: tómeselo con calma.
Como suele suceder en estos meses eternos que van de mayo a agosto, la cartelera tiene como punto de interés el tanque de Hollywood de la semana. Aunque -créase o no- esta semana es el único de ese origen: los otros cinco estrenos se dividen entre nacionales (tres, aunque uno es coproducción), uno neocelandés y otro de varios países europeos juntos aunque con espíritu... bueno, lo podemos llamar "transgresos internacional". Ya verá. Vamos de a una.
Un lugar en silencio: día uno es la precuela de la serie creada por el actor, productor y director John Krasinski sobre una invasión extraterrestre de bichos antropófagos con excelente oído. Son buenas las películas estas, en general- Acá Krasinski, que dirigió este año la muy buena y poco vista fábula infantil Amigos imaginarios dejó su puesto de director -que no de productor, el bolsillo no se toca- al hábil Michael Sarnoski. Sarnoski, dicho sea de paso, hizo una buenísima película de acción sobre un tipo al que le roban su cerdo busca trufas, Pig, que anda dando vueltas por plataformas y protagoniza en estado de "me importa un pito todo" Nicolas Cage. Bueno, esta no es tan arriesgada como Pig, pero tiene lo suyo. En especial, la protagonista Lupita Nyong'o que hace de poeta enferma de cáncer terminal con un gatito que se ve envuelta en el apocalipsis alien. Tanto drama puede saturar un poco, sí, pero funciona porque nos importan los personajes. Aunque -seamos sinceros- a la pobre Lupita le hubiera faltado ser ciega o andar en silla de ruedas para saturar el asunto. Igual alcanza y es interesante que sea el personaje con más ganas de vivir (por ahí va la moraleja, por las dudas haya que aclararlo) de la película. ¿Puntaje? Para qué: si se deja llevar, la va a pasar bien pasándola mal.
Tampoco vamos a ver un dechado de originalidad en La matriarca, la historia de una señora en silla de ruedas, alcohólica y bastante molesta, que temina a cargo de un adolescente díscolo, autodestructivo y bastante molesto. Adivinó: terminan queriéndose y pasándola lo mejor posible. Lo que hace que la película funcione y nos permita salir de la sala con sonrisa medio boba e incluso -y está muy bien- recomendarla, es que Charlotte Rampling es una actriz extraordinaria. Denle un papel en Bajo la arena, otro en Duna, otro, cuando jovencita y bomba, en Adiós, hermano cruel; que hable en francés o en inglés y la señora Rampling va a llenar la pantalla con una autoridad que ya quisiera el 110% de tiktokeros y youtubers. La película, realizada en Nueva Zelanda en 2021 (es lejos, por eso tardan tanto en llegar, imaginamos) fue dirigida por Matthew J. Saville y es opera prima, así que podríamos ponerle unas fichas a su futuro.
La argentina Ceilia Kang deslumbró hace algunos años con Mi último fracaso, que contaba a modo de documental las relaciones sentimentales de tres mujeres de la comunidad coreana. Partió un barco de mí llevándome es otro documental (producido entre Singapur y Alemania, cosa curiosa) que narra la historia de una joven actriz que debe interpretar a una "comfort woman", esas mujeres coreanas utilizadas como esclavas sexuales por el ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial. Es una película muy interesante porque cuenta un viaje interior que no parece llegar -la metáfora es pertinente- a buen puerto, y porque Cecilia cuenta con mucha sensibilidad el proceso de creación basado en algo real y cruel. Atención a Cecilia Kang, otra vez: mirada precisa y humor asordinado.
Jessica Hausner es una cineasta austriaca que parece saber filmar y recorre festivales con películas que pretenden calar hondo en temas contemporáneos. Hizo en 2009 una muy interesante, Lourdes, que narraba la historia de una joven en silla de ruedas que peregrinaba a la famosa gruta. Allí había algo de interés en retratar ciertas ideas sobre la fe. Decada y media más tarde, hace Club Cero, coproducción entre Austria y unos cuantos países más. Hay una nutricionista (Mia Wasikowska, la Alicia de Tim Burton, pobre) que llega a un secundario de elite para dar clases pero poco a poco experimenta con los alumnos diferentes bobadas no nutritivas hasta el comer nada. Se supone que es una sátira social y, para que funcione, hay que imaginar que todos los jóvenes ricos son bastante idiotas. Quizás sea un poco cierto (no entremos en detalles), pero el filme lo toma como dogma. Recueda un poco, en su análisis ramplón del fanatismo, a aquel malentendido alemán llamado La Ola. Es de esas obras cuyo subtítulo debería de ser "sólo quería provocar". Y en una escena lo logra: provoca náuseas. No, en serio, cuídese.
La ruptura, coproducción con Uruguay, es la opera prima en la dirección de la actriz Marina Glezer, donde se traza un paralelo entre una pareja que se rompe y la lucha de un pueblito costero por no ser demolido por el avance de negocios inmobiliarios turbios. Es decir, se intenta que lo emocional sea metáfora de lo social-político. En algunas secuencias se logra, en otras, no: la cosa se vuelve demasiado declamada, como de otra época. Sí hay mano para mostrar paisajes de Cabo Polonio (lindo lugar, claro) y para la dirección de la pareja principal, integrada por Alfonso Tort y Catalina Silva Bachino.
Este film es, de algún modo, una forma de costumbrismo nuevo. También lo es La culpa de nada, argentina y también opera prima, en este caso de Victoria Hladilo. Parte de una idea poco original pero sustanciosa: pareja en crisis (los treinta-cuarentañeros rioplatenses tienen siempre parejas en crisis), ella organiza para él un cumpleaños sorpresa, los amigos son insoportables, hay gente que no se sabe de dónde viene y encima el agasajado no aparece. Lo interesante es que la estructura coral encuentra buen equilibrio y que la vieja tradición del grotesco argentino parece haber encontrado un lenguaje contemporáneo. Como se decía antes, "de reír y llorar", pero con televisores 4K y gente joven.