Lo universal y lo particular: Francisco y la incomprensión de las mascotas
El Papa trabaja de orientar la fe. La de millones que saben la dificultad de vivir sin estar sujeto a alguna. Cosa sencilla cuando los tiempos son de paz y el discurso flota entre sueños de vida eterna. Ahora, cuando la prédica es sobre una sociedad más justa, la fe es terreno escarpado. Expresar el desacuerdo con el capitalismo financiero global o reclamar derechos medioambientales, como un tema de justicia social, genera enemigos previsibles; lo extraño es cuando el mensaje te enfrenta a compatriotas decididos a hacerte llegar las fotos de sus mascotas, reclamando, además del derecho a quererlos como hijos, el reconocimiento del Sumo Pontífice como tales.
Aunque no representes a la humanidad sino a tu iglesia y los que te increpan no profesen tu credo ni ayer ni mañana, no estás a resguardo de la indignación. Si bien la paciencia es don divino, es fácil imaginarlo, todo de blanco, convertido en el meme de Burns, con los brazos abiertos en una imprecación al cielo que a veces lo escucha.
Francisco sabe de comunicación desde que era Jorge. Lo gestual no le es ajeno, ni sus efectos, involuntarios. La obstinación metafórica de sus zapatos, los besos en pies convictos, los ojos abiertos en Lampedusa y las criollas sonrisas ante cada mención argentina guardan consistencia en un mensaje construido sobre tres pilares: austeridad, responsabilidad y justicia. En su decir, pone la otra mejilla para que le tiren con un perro quienes segundos antes le habían revoleado un gato. En el affaire de las mascotas aparecen dos elementos que explican la confusión: la dificultad para dialogar entre distintos formatos narrativos y las diferentes dimensiones jurisdiccionales en las que se inscriben los discursos; la unilateral voluntad de incomprensión no amerita un análisis comunicacional sino piedad humana.
La intensidad de lo ingeniosoUn efecto colateral del uso de redes sociales es la asfixiante apelación a la ironía, que contamina la conversación pública. Chicanas, pases de facturas y analogías forzadas son los ejes del diálogo social convertido en polémica tuitera. Un caldo de cultivo que multiplica la plaga de los ocurrentes. Esos, que agotan un meme en seis horas, usan la imagen del comandante Fort cuando se corta la luz y contestan con stickers. El naufragio de la inteligencia en el mar del ingenio dificulta el sentido común. La búsqueda de la polémica, como garantía de un contenido exitoso, propone un barro que no es precisamente el de la creación. Entre la tentación y el riesgo, influencers y dirigentes se asoman al pantano del intercambio insultante. Llevar allí a quien no pretende estarlo es romper el juego.
Si hablás con parábolas y te responden con perritos no hay comunicación posible. La forma condena el contenido, una encíclica no se puede resolver en un hilo de Twitter. La disonancia entre formatos expresa diferentes intensidades. La conversación es ritmo. Dos cortas y una larga. Presionar y conceder. Una verdad revelada que luce mejor entre párrafos terrenales. Hectáreas de pajar para poner en valor la aguja. Las redes asfixian en ese vicio de ir con los dos pies para adelante en cada pelota dividida, sea en el Maracaná o en el patio de casa. La comunicación es rehén de una generación grinch que se jacta de arruinar navidades eligiendo el outfit que más hará atragantar al tío. Sin voluntad de comprensión no hay diálogo, y sin diálogo no hay efecto del discurso en el otro.
Más allá del formato, son las dimensiones jurisdiccionales las que determinan las distancias irreconciliables en el discurso público. La primera es la territorial, de alcance nacional y regional, que compendia las discusiones políticas y contiene públicos atentos con posiciones tomadas. Enfrente, la dimensión transnacional cada vez gana más terreno. Amenazas a la seguridad global, escasez de recursos, problemáticas medioambientales y cuestiones sanitarias desbordan los límites del Estado. Generan contenidos para un público dispuesto a enmarcar sus reflexiones en un mapa sin líneas divisorias. La tensión entre lo territorial y lo transnacional es evidente más allá del plano discursivo. Eclipsa la visibilidad de los emergentes locales, limita las consideraciones institucionales respecto de su soberanía y crea un tipo de ciudadanía que se inscribe en el cosmopolitismo como forma de vida.
Estas comunidades, en su relación con el territorio, generan una dimensión particular que adhiere a fenómenos con los que sienten concordancia ideológica, al tiempo que se “liberan” de fronteras y de instituciones. Los colectivos definidos por afinidad de intereses son independientes de la representación política que los expresa. Lo particular preserva una alianza con lo transnacional, prescindiendo de la institucionalidad local, en nombre de intereses más diversos que los que ésta puede contener. El volumen de esta alianza jaquea las expresiones del pensamiento nacional y regional con imputaciones demodé. El discurso de Francisco, expresado en cada aparición pública, pero sobre todo en sus encíclicas, se inscribe en la línea de un pensamiento universal que viene en auxilio de lo territorial, intentando remediar este desequilibrio.
En el pensamiento universal, los hechos ilustran ideas, no son la idea en sí. Esto deriva en una postura moral ante lo real. Lo transnacional es inductivo, sobre el caso dibuja la regla, como consecuencia, la variedad impide la consolidación de la norma, imperando lo relativo. Lo universal es deductivo, sobre lo general define la valoración de los hechos. Cada expresión está contenida en un principio precedente. Por eso, Laudato sí, en su demanda de un desarrollo ambiental sostenible, sirve para expresar la devastación de los recursos del África profunda y los del Amazonas. O Fratelli Tutti, reivindicando el derecho a vivir como hermanos, explica tanto el drama de las poblaciones migrantes en Europa como la desigualdad en América latina. Cada realidad es explicada en auxilio de un principio ordenador. Lo universal es territorial, lo transnacional es particular. Esa diferencia de concepción expresa la imposibilidad del entendimiento.
Una encíclica para mascotasNo hay poder sin referente, recuperar la unidad discursiva entre lo universal y lo territorial revitaliza la relación entre causas y efectos. El resto es discutir anécdotas, fotos de Bobby con destino a Roma, disfrazadas de reivindicaciones políticas. Las problemáticas nunca son particulares y pueden, por similares, ser solidarias a las de otros lugares. El reconocimiento de los derechos solo es divisable cuando el diálogo reemplaza al stand up y el destinatario es alguien más que nosotros mismos. El individualismo reclama encíclicas a medida de sus mascotas. Exige la quirúrgica separación entre la racionalidad institucional y las manifestaciones religiosas. La territorialidad que no habita redes, en paralelo a la polémica entre el Papa y los padres, celebra de a cientos de miles la figura del Gauchito Gil, en un acto de fe con más implicancias políticas que cien Change.org.
Cerca de cumplir nueve años de su “gestión”, ya tuviste oportunidades para saber quiénes son los enemigos de Francisco. Si sentís más impulso por mandar la foto de tu caniche que por identificar si compartís ideas y adversarios, quizás no te esté hablando a vos, así que no te preocupes. En estos días de calor profundo y consejos de hidratación conviene tener presente una particularidad del riego, que, aunque poco, debe ser profundo. Cuando lo hacés superficial, las raíces quedan a la vista y se queman rápido. Los ingeniosos, los ironistas, los que arruinan navidades, van regando a ras del suelo, entre fotos y taggeos. Y otros, con menos ego y más paciencia, buscan la gota que horade la piedra, creyendo que las mascotas merecen un mundo más justo para sus dueños, aun a pesar de ellos.
*Especialista en Comunicación Política