Jefe de geopolítica, el cargo que se expande en un mundo fragmentado
El avance de los conflictos, las sanciones y las guerras comerciales obliga a las corporaciones a sumar expertos que anticipen riesgos y detecten oportunidades
Durante décadas, las grandes compañías asumieron que podían operar dentro de un marco internacional relativamente estable. Las reglas de comercio, la cooperación entre países y la previsibilidad política ofrecían un escenario que facilitaba las inversiones a largo plazo. Actualmente, ese mundo ya no existe y la economía global, además, está atravesada por tensiones crecientes. Lo que antes se resolvía con diplomacia y acuerdos multilaterales, ahora se discute con aranceles, sanciones e incluso con armamento.
En este contexto está creciendo un cargo en las estructuras corporativas: jefe de geopolítica, o chief geopolitical officer (CGO), un ejecutivo de alto rango que se encarga de interpretar el escenario mundial y traducirlo en decisiones concretas para la empresa. Su papel no es solo defensivo, ya que también busca encontrar oportunidades en medio de la crisis para posicionar mejor la compañía en mercados inestables.
El cambio de época quedó reflejado en un hecho inédito. A comienzos de este año, el Reino Unido publicó su primer análisis sobre riesgos crónicos. El documento reúne las amenazas de largo plazo que afectan tanto a las políticas de Estado como a las estrategias empresariales. Entre ellas, la geopolítica figura junto a la seguridad y a la tecnología. El informe advierte que incluso las empresas medianas y pequeñas deben prepararse para un escenario internacional inestable y con reglas cambiantes.
En paralelo, el Foro Económico Mundial difundió su informe sobre riesgos globales correspondiente a 2025. El texto confirma que los líderes económicos y políticos perciben un mundo cada vez más fragmentado, donde las tensiones comerciales, las disputas tecnológicas y los conflictos militares ya no son excepciones sino que forman parte del paisaje habitual. Y la realidad de este año validó esa previsión, ya que la escalada de guerras comerciales, ataques cibernéticos y choques armados afectaron directamente la actividad económica.
Hasta hace pocos años, las empresas operaban bajo un paradigma que asumía que las reglas globales se mantenían relativamente estables. No obstante, los indicadores muestran otra cosa. Entre 2020 y 2024, el índice de riesgo geopolítico asociado con el comercio creció cerca de 30% con respecto a las dos décadas anteriores. Durante ese mismo período, la presión sobre las cadenas de suministro casi se triplicó.
Esto deja en evidencia que los mecanismos tradicionales para gestionar riesgos ya no alcanzan. Los directores de riesgos solían concentrarse en aspectos financieros y operativos. Los departamentos de asuntos gubernamentales, en tanto, se enfocaban en el cumplimiento de normas y en mantener vínculos con autoridades. Pero la dinámica actual exige otro tipo de capacidades, capaces de abordar problemas que antes parecían marginales y hoy pueden poner en jaque la continuidad de un negocio.
El panorama incluye regulaciones contradictorias que obligan a dividir operaciones, como le pasa a ByteDance con TikTok en distintos países, y también pérdidas multimillonarias por conflictos armados, como las que sufrió BP cuando se retiró de Rusia tras la invasión a Ucrania. A esto se suman ataques cibernéticos que paralizan empresas y fuerzan la declaración de emergencias nacionales, como ocurrió en Costa Rica. Las sanciones económicas son otro factor. Huawei, por ejemplo, estima que perdió unos USD30.000 millones anuales en ventas de teléfonos inteligentes por las medidas de Estados Unidos.
Algunas multinacionales entendieron antes que otras que el escenario global ya no permitía improvisaciones. Meta es uno de los casos más conocidos. Desde hace más de una década incorporó a un ex viceprimer ministro británico para liderar su área de asuntos globales. La empresa necesitaba una figura capaz de entender y adaptarse a un abanico de regulaciones tan diversas como las normas de privacidad de la Unión Europea o las exigencias de moderación de contenidos en Estados Unidos.
Mucho más que RR.PP.El jefe de geopolítica no se limita a mantener buenas relaciones con los gobiernos. Su principal tarea es integrar inteligencia global en las decisiones estratégicas de la compañía. Esto implica seguir de cerca las disputas internacionales, evaluar el eventual impacto de cada escenario posible y diseñar planes de acción para responder con rapidez. También debe manejar relaciones complejas con gobiernos, organismos reguladores y entidades internacionales que muchas veces tienen objetivos contradictorios. Y debe hacerlo de forma coordinada con áreas claves como producción, logística, finanzas y desarrollo de negocios.
El rol tiene un componente ofensivo y otro defensivo. Por un lado, debe proteger a la empresa ante amenazas que podrían afectar sus operaciones o sus ingresos. Por otro, es el encargado de detectar las oportunidades que surgen cuando el contexto cambia. El ejemplo de Tesla es ilustrativo. Mientras varios fabricantes occidentales enfrentaban barreras en China, la planta de Shanghái se convirtió en la de mayor producción, responsable de más del 40% de las entregas globales. Apple, en tanto, diversificó su cadena de producción hacia India y logró aumentar la fabricación de iPhones un 50% en un año.
Institucionalizar el cargoLos especialistas que trabajan con grandes corporaciones sostienen que integrar el riesgo geopolítico en la estructura de una empresa requiere un proceso ordenado. El primer paso es auditar la exposición actual. Esto significa mapear operaciones, cadenas de suministro y fuentes de ingresos para identificar vulnerabilidades.
El segundo paso es desarrollar capacidades sólidas de análisis e inteligencia. Para ello es fundamental contar con equipos que puedan conectar información política y económica con las decisiones comerciales. Esto incluye analizar todos los eventuales escenarios y someterlos a pruebas de estrés.
El tercer paso es elevar la discusión hasta el nivel más alto de la organización, lo que en muchos casos se logra expandiendo funciones existentes, mientras que en otros directamente se crea el puesto de CGO, con autoridad para coordinar acciones con el resto de la alta dirección.
Todo apunta a que el jefe de geopolítica dejará de ser una rareza para convertirse en una pieza habitual de la dirección. Las empresas que integren esta mirada en su ADN estratégico estarán mejor posicionadas y preparadas para enfrentar un mundo más fragmentado.