La vaquita se murió

Enfrentar el miedo al cambio

Una vida estable no siempre es sinónimo de felicidad

Lic. Aldo Godino

Continuamente añoramos la estabilidad como algo básico para nuestro equilibrio. Y tratamos de encontrarla, incluso corriendo el riesgo de no vivir profundamente algunas etapas de la vida. Muchas veces se siente el vacío de no haber realizado "cambios" porque lograron convencernos de que quedarnos quietos era el paradigma de la madurez y de la felicidad. Es probable que hayamos confundido la estabilidad interna con el inmovilismo de afuera.

A lo largo de muchas generaciones se mezcló el concepto de permanencia y sensatez con el de estancamiento y rutina. Y es increíble el miedo que produce cambiar. Nos educaron con el criterio de que no moverse nos asegura el equilibrio. Vivir en el mismo barrio, habitar la misma casa, permanecer en el mismo colegio, durar en el mismo trabajo, elegir una carrera "para toda la vida", apegarse al mismo círculo social, amarrarse a algo fijo para no caer rendidos ante los "cantos de sirena".

Atreverse a innovar es "casi una locura" y es más importante permanecer que arriesgar. Nuestra sociedad valora lo estático, lo que "no produce desorden", aquello que no rompe esquemas. La creencia de que la personalidad cambia poco a lo largo de la vida está presente en numerosas expresiones de la vida cotidiana como "fulano no cambia más", "qué le voy a hacer, soy así", "al que nace barrigón...". Así, se asume que seguimos siendo la misma persona a pesar de los cambios biológicos y sociales que nos atraviesan. Y de la misma forma esperamos que ocurra en las demás personas.

Sin embargo, estamos viviendo una época de grandes transformaciones. Cambios que, desde un punto de vista psicológico, exigen comprensión y aceptación. Podemos resistirnos a salir de nuestra zona de confort, pensando en aquellos momentos de abundancia que marcaron nuestro pasado, o podemos subirnos al tren de los cambios para avanzar. Este es un enfoque positivo y activo, fluir sin desbordarse. El criterio más elemental y simple para cambiar es que, en muchas personas, lo que han vivido, lo que han estudiado, lo que los ha acompañado o dónde han permanecido no siempre ha producido ni la paz ni la armonía esperadas.

Una vida estable no siempre es sinónimo de felicidad porque no necesariamente presenta características de "interesante". Si no estamos satisfechos con nuestra vida no habrá estabilidad que valga la pena. No hay nada más negativo para nuestro bienestar psíquico que la inmovilidad y la inflexibilidad interior. La calma y una "ansiada estabilidad" pueden convertirnos en víctimas en lugar transformarnos en ganadores. Paulo Coelho afirmó: "Si crees que la aventura es peligrosa prueba la rutina, es mortal".

Hay mentes cuadradas que luchan para que nada cambie, para que toda su estructura no pierda ni un ápice de esa pátina de óxido caduco. Otros, en cambio, no le temen al cambio: lo esperan con la madurez de aquel que sabe que nada de lo que llega se queda y nada de lo que se va se pierde del todo.

Hay personas "muertas" en vida que no se atreven a modificar nada. Es notable que, cuando no se acepta, la resistencia al cambio se convierte en enfermedad. El mundo se mueve y el cambio no consulta, simplemente se da. Creer que algo nos protege porque nunca va a cambiar es falso y puede conducirnos a la frustración. Darwin solía decir: "No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, es la que mejor responde a los cambios".

"Durante un paseo por el bosque junto a su fiel discípulo, maestro encontró una casa de madera extremadamente pobre donde vivía una pareja con sus tres hijos, vestidos con ropas sucias y sin calzado. El maestro se aproximo al padre de familia y le preguntó cómo hacán para sobrevivir en ese lugar y en esas condiciones. El señor respondió: "Amigo mío, tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche a diario. Una parte la vendemos en la ciudad vecina y con la otra parte producimos queso y cuajada para nuestro consumo. Así vamos sobreviviendo."

El sabio agradeció la información, luego se despidió y se fue. En medio del camino, volteó hacia su fiel discípulo y le ordenó: Busca la vaca, llévala al precipicio y empújala al barranco.

El joven, espantado, le cuestionó sobre el hecho de que la vaca era el medio de subsistencia de aquella familia. Pero, ante el silencio del maestro, buscó la vaca y la empujó por el precipicio.

Un tiempo después, agobiado por la culpa, el joven resolvió regresar a aquel lugar y contarle todo a la familia, pedirles perdón y ayudarlos. A medida que se aproximaba veía todo muy bonito, con mucha gente, árboles floridos y hasta un auto en el garaje de la casa.

Tras elogiar el lugar, el joven le preguntó a la familia cómo habían hecho para mejorar el lugar y cambiar de vida. El padre le respondió: "Teníamos una vaquita que cayó por el precipicio y murió. Deahí en adelante nos vimos en la necesidad de cambiar, desarrollando otras habilidades que no sabíamos que teníamos. Así alcanzamos el éxito que sus ojos ven ahora".

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