Un puñado de películas ocho puntos llenas de amor por el cine

Esas “no obras maestras” que valen la pena y se olvidan

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Uno de mis problemas como crítico de cine consiste en hablar, siempre, de las mismas películas. En general, como ejercemos el asuntito ese de las reseñas semanales (habrán visto que en BAE Negocios son solo dos), vemos un poco de todo. Y tiramos puntajes en los que, les aseguro, creemos absolutamente. Después, si somos docentes, nos dedicamos a hablar de los clásicos que hay que ver o las obras maestras, cosas así. En todo eso, la mayor parte del cine queda afuera. Hay películas excelentes y entrañables que no son obras maestras (porque están producidas dentro del aparato comercial, porque no tienen un gran director detrás, etcétera) y que sostienen la mayor parte de la asistencia en salas. Se nota mucho en los últimos años con el cine de terror, por ejemplo, que tiene una convocatoria fiel. Pero hay muchas más. Me gustaría usar hoy esta columna para hablar de “los ocho que amamos”.

“Ocho” es un puntaje interesante. No es siete (aprobado) ni nueve (casi perfecto) ni diez (obra maestra, excelsior). Ocho es “qué bueno esto, venga y vea, no se lo pierda” aunque no marque un hito en la historia del cine. Por cierto, con el paso del tiempo, muchos de esos “ocho” terminan, en perspectiva, cerca del diez o la obra maestra. Pero quedémosnos con las que siempre, pero siempre, son ocho, un puntaje genial y a la altura humana.

Por razones un poco raras de explicar, desde hace años utilizo para ciertas clases Guardianes de alta mar (The Guardian, Andrew Davies, 2006). Narra la historia de un rescatista de alta mar (Kevin Costner) que pierde a su equipo en un accidente y se dedica a entrenar nuevos reclutas. Y se cruza con uno que es un gran nadador y podría, si dejara de ser un poco pedante, ser un gran salvador de vidas, el reflejo joven del personaje de Costner, que interpreta Ashton Kutcher. Davies, que hizo Alerta máxima y la hermosa El fugitivo, aquí se transforma en realizador bien clásico, alumno de John Ford, para contar qué es la vocación, qué implica el sacrificio y salvar vidas. Es muy buena, eh... no tiene una toma de más. Ocho.

Una vez me tocó ver en el microcine de Warner una película llamada Los Impostores, dirigida por Stanley Tucci y protagonizada por Tucci y Oliver Platt (¡Atención! Se llaman Stanley y Oliver como El Gordo y el Flaco) y cuenta cómo, en los años treinta, dos comediantes tienen que huir de que los maten, van a parar a un barco lleno de personajes excéntricos (entre ellos, una noble loca interpretada por Isabella Rossellini, un capitán nazi con el rostro de Cambpell Scott y Tony Shalhoub como un terrorista). Homenaje a TODA la comedia americana (hay cameo de Woody Allen, la trama recuerda a las películas de Billy Wilder -Una eva y dos adanes, básicamente- y todo es feliz, luminoso y cómico. Arranca con una gran secuencia “gordoyelfl aquesca” con música de Piazzolla. Ochazo.

En 2008, apareció sin hacer ruido una comedia argentina llamada Incómodos, de Esteban Menis. Trataba de tres treintañeros con temas por resolver y un viaje a Miramar en invierno. No solo tiene un humor que se ríe -también- de ese lugar común del cine argentino independiente (gente en la playa deprimida) sino que tiene momentos de un surrealismo total (Iván Moschner, un actor increíble del teatro nacional, en un concurso de baile sincronizado y fanático de Juan Gujis). Es de esas que, cuando aparecen por ahí, no hay que dejar escapar, porque son películas lindas, divertidas y, sobre todo, inteligentes. Super ocho.

Y acá una francesa complicada de ver pero que aparece cada tanto. Se llama La batalla de Solferino y es de 2012. Está filmada mientras se decidía la elección final de la presidencia francesa, y la historia es la de una periodista con ex marido totalmente descuidado que tiene que cubrir enormes manifestaciones (volvemos a aclarar, reales) y cuidar niñas pequeñas al mismo tiempo. Imperfecta, pero hazaña tanto técnica como emocional de Justine Triet. Un verdadero huit, mes amis.

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